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Llegamos a Cobán. La burbuja se la re bancó. Un aplauso para la autita, mi autita colorada y femenina, una guerrera.
Anoche llovió toda la noche. Casi no pude dormir escuchando el repiqueteo constante de las gotas en el techo de chapa de la cochera, preguntándome qué va a pasar en el camino, qué va a pasar si se sigue empapando. La gente de la pensión de Galindo ya me había dicho que si seguía lloviendo por el Choro hay derrumbes y se cierra el paso y yo con ese autito que 4 por4 ni minga.
Cuando vi que era de día y el murmullo seguía azotando el techo en forma intermitente me levanté, me tomé unos mates y mientras miraba y miraba el mapa. El mapa no me decía nada. Podía regresar a Huehuetenango, deshacer el camino de ayer, el paisaje patagónico hacia atrás y volver a la zona baja de Chichicastenango, Panajachel, Lago Atitlán. La ruta larga. Miraba ese pedacito, una línea de menos de 4 o 5 cm que separaban Uspatán de Cobán. La ruta vista así, parecía nada. Una línea breve. Una línea hueca, significa sin pavimentar.
El mapa seguía sin pronunciar palabra. Sólo se escuchaba el sorbo largo, pensativo del mate y la música acompasada de la lluvia.
Vista desde afuera no parecía arreciar tanto. El sonido era engañoso. El cielo parecía clarear según mi deseo.
Encaré pa'l pueblo. Ahí están los que saben me dije. Los que manejan microbuses de Uspatán a Cobán tienen que cantarme la justa de cómo están las cosas. Buena onda total, solidaridad del camino. -Pasar, pasa.- me dijeron. -Ahí están las máquinas y la gente trabajando todo el rato. Agregan piedra al lodo para que se pueda pasar y pasar, pasa.
Se pusieron de acuerdo. Ellos están en comunicación entre las combis que salen cada hora u hora y media, cuando llenan, de Uspatán a Cobán.
-Usted no se preocupe. Nosotros nos comunicamos entre nosotros, y si el carrito se le queda, bajamos a toda la gente para que la empujen. Así que cargué y arranqué.
Iba lento. El ripio, al que acá le dicen terracería parecía fuerte, duro, firme y puntiagudo. Charcos y pozos. Yo estiraba el cogote, estudiando el terreno, eligiendo el surco que se presentaba mejor para tratarnos bien, la burbuja y yo. Así anduve por más de dos horas, sin dejar de prestar atención y sin dejar de cantar bajito mientras no dejaba de garuar.
Cuando ya calculaba que debía faltar poco -las combis me habían dicho que eran tres horas, aunque a mi paso yo había calculado que serían al menos cuatro- me topo con un cartel y el camino cerrado por piedras.
"Zona de derrumbes. No hay paso."
Me quería matar. No había escapatoria. El camino estaba bloqueado.
En eso aparece un tipo en una camioneta blanca.
-Venga, si quiere me sigue, hay una vía de emergencia.
Y lo seguí.
Era un charquerío, un sendero. Gente, hombres y niños arrojaban canto rodado y rastrillaban sin descanso para afirmar una brecha por la pudiéramos pasar y pasamos!
Enlodados pero llegamos.
Acá estoy en Cobán. En la pensión de la Monja Blanca. Cuesta 75 quetzales, tengo una habitación bonita, amplia, da a un corredor con una hamaca y un jardín. Tiene Tv por cable, jarra de agua potable y Estela me dijo de cuál ducha sale más calentita el agua. Está lindo. Yo sigo contenta, agradecida de estar acá, agradecida de haber pasado esa línea breve del camino, la línea corta pero hueca, a pesar de la llovizna y el alud y los barros y de nuestra pequeñez insignificante en el planeta y de nuestra fuerza ínfima ante la naturaleza poderosa.
Cambió el paisaje otra vez. Otra vez se reverdece como esmeralda, se acaban los pinos y las coníferas resinosas y todo acá es de banana.
Ya comí pastel de banana, enpanada de banana y un pastelito de banana.
En el centro hay una señora que dice que vende empanadas argentinas. Tengo que ir a probarlas. Ya la saludé, me dijo que el dueño es un jugador de fútbol argentino que vive por acá.
El nombre de la pensión, la Monja Blanca, no se refiere a una monja en sí, es el nombre de una orquídea del lugar. Hay un viver, ahora voy a ver si me doy una vueltita.
La dueña de la pensión, Estela, estuvo en Argentina, la llevó su hijo. Se emocionó cuando le dije que era de allá y le brillaban los ojos cuando me hablaba del glaciar y las cataratas y del tango.
La burbuja a descansar, yo al ciber a contarles. Sigue lloviendo.
Como iba atrasada con las fotos van algunas de la llegada a GuateBonita. Hay de La Mesilla, la ciudad de la frontera, después hay de cuando crucé Huehuetenango, después de la ruta de ayer de Huehue a Uspatán y después de la ruta de hoy y la llegada a Cobán.
Abrazos a todos mis amigos!